miércoles, 3 de junio de 2020

15 de Febrero


¡15 de febrero y todavía no había quitado el pino navideño! Ni cuenta me di —puesto que no suelo tener visitas—, hasta que ese día llegaron mis padres desde la capital del país y me lo hicieron saber de una forma muy familiar:

—¿No te da vergüenza, hijo? ¿Hasta cuándo lo pensabas quitar?
—Juro que no me di cuenta. Es más... nunca volteo a ese rincón.
—Vamos a estar unos días aquí. Te ayudaremos a quitarlo ahora mismo, porque, sinceramente, no me apetece recordar esta navidad. Cada vez son más los borrachos, y menos las buenas vibras —dijo mi madre.
—Sentir buenas vibras depende de uno, ma' —respondí—. Pero no se preocupen. Han llegado de un largo viaje. ¿Por qué no se van a descansar a la recámara?
—Ay, sí, hijo, tu padre y yo la verdad ya no aguantamos como antes los viajes.

Guié a mis padres a la recámara de huéspedes y regrese para encarar ese pino cubierto de todo tipo de adornos —mi hermana es muy creativa y montó todo eso—, con esferas, y esferas, y más esferas por todos lados. <<Bien. ¿Por dónde comienzo?>>. Todo se veía tan saturado. Tan sólo el hecho de pensar ponerle la mano encima a la primera esfera me daba una pereza terrible. De pronto me llamó la atención un parpadeo a lo alto. Sentí que alguien había encendido la luz del foco, pero no, era una luz proveniente desde lo alto del pino navideño. Era una luz intensa que se hacía todavía más intensa a medida que pasaban los segundos. Saqué la conclusión de que esa poderosa luz era la estrella misma.

—¡Cuidado, hombre! —gritó un hombre montado a caballo, que justo pasó por mi lado derecho.
—Con permiso —dijo alguien atrás de mí, encima de un colosal elefante vestido con una tela color vino y bordes de oro. Atrás de ese hombre, uno en camello le seguía.

¿Quién los había dejado entrar a mi...? ¿Y mi casa? Me sentí desconcertado, pues todo a mi alrededor era monte, bajo una noche serena, brillante y fría.

—¡Aguarden! ¿En dónde estoy? —les pregunté con un nudo en la garganta, casi lagrimeando por el desconcierto.

—Vamos camino al nacimiento del rey de reyes —respondió uno.

—Rey de... —me puse a analizar—. El rey de reyes es.. y ellos son. Ah. Ya entendí todo. Estoy soñando. O tal vez no. Pero si no estoy soñando, entonces estoy loco. Pero, ¿y si no es un sueño ni un delirio? ¿Acaso viajé en el tiempo? ¡Nah! ¡Eso sería lo más absurdo! ¡Esto se trata de un sueño! Iré a ver qué pasa con el chisme del niño Dios, pues.

Seguí a la caravana de reyes magos por unos cuantos metros, por supuesto que muerto del frío. Pero cuando uno de ellos —el moreno del elefante— se percató que los seguía, les dijo algo al resto que los hizo detenerse.

—¿Nos estás siguiendo, acaso? —preguntó el barbón del caballo.
—¡Yo! eh... tal vez sí —la verdad me puse nervioso. Estos individuos tenían una personalidad intimidante, y una voz de verdaderos reyes.
—¿Cómo que tal vez? —preguntó el del camello.
—Bueno, es que... la verdad... Yo sólo quería desarmar el pino hace unos instantes, y luego de la nada salieron ustedes y mi casa desapareció, y estoy aquí. Pero ya sé a dónde van. Va a nacer un niño al que llamarán Jesús. Ustedes se están guiando por esa estrella brillante que en realidad se llama orión. Van a regalarle oro, incienso, y no sé cual era la otra cosa... ¿chupones?

Los reyes magos se miraron entre sí, sin decirse nada, y luego me regresaron la mirada.

—¿Tienes regalo? —preguntó el moreno, así con su acento hindú
—¿Yo?
—No... el burro —dijo el muy chistoso—. ¿Pues quién más?
—No. No tengo —respondí.
—No puedes llegar sin regalo. Sería una descortesía.
—Pero no tengo nada.
—¡Pues qué lástima! ¡No puedes venir con nosotros! —me dieron la espalda y siguieron su curso.

¡Pero qué magos tan! ¿Cómo era posible que sean tan materialistas? ¿Es ese un ejemplo a seguir? Tengo entendido que la calidad del tiempo y los buenos deseos son regalos mucho más valiosos.

—¡Oigan! ¡Ya tengo un regalo! —les grité— ¡Deténganse! ¡Miren!

Los magos se detuvieron y sorprendieron de verme cargando una cajita de regalos navideña forrada con moño y todo bien linda. Se miraron entre sí, y me hicieron la seña con la cabeza de que los siguiera. Al llegar al portal, había una familia. Seguramente ya sabes quiénes estaban ahí. Conoces todas las piezas básicas del nacimiento, ¿verdad?

Nos tocó hacer fila para darle el regalo al recién nacido. Pasó primero el barbón, y le dio una cajita con oro. Pero el niño no dejaba de llorar porque el tipo era muy feo y viejo y lo vio de cerca. Luego pasó el galán de cabello castaño y le dio esa cosa que nunca me aprendo el nombre, pero en seguida los padres las tomaron y se la metieron a la bolsa. Sí, muy listos ellos. Luego pasó el moreno y encendió una varita de incienso, provocando que todos tosieran y que el niño llore más. Ay, era mi turno. Mis nervios estaban al tope. Sentía la mirada de todos, hasta la del toro y la mula. Debía abrir mi regalo. Me coloqué frente al niño y arranqué el moño. Fui quitando poco a poco la tapa y le mostré al bebé lo que había adentró. El bebé comenzó a sonreír, y después se carcajeó de manera dulce. ¡Aw! ¡Todos muertos de risa ahí! ¡Incluso los reyes! Como no tenía nada qué regalar, había agujerado una caja que me encontré tirada —sí, yo tampoco me lo explico— para poder meter la mano y mover los deditos. Todos me adoraban, porque había hecho reír a aquel hermoso niño.

<<guri, guri, guri>>, le decía al niño. <<Guri, guri, guri>>.

—¿No te da vergüenza? —dijo alguien a la lejanía—. Estás grandecito para andar jugando con las cajas, dijo mi madre. ¡No has quitado ni una esfera del mentado pino!

Y sí, bueno, ¡Ahora saben cómo es mi imaginación! ¿No creían que yo iba a quitar todo eso que ni siquiera puse, verdad?