¡15 de febrero y todavía no había quitado
el pino navideño! Ni cuenta me di —puesto que no suelo tener visitas—, hasta
que ese día llegaron mis padres desde la capital del país y me lo hicieron
saber de una forma muy familiar:
—¿No te da vergüenza, hijo? ¿Hasta cuándo
lo pensabas quitar?
—Juro que no me di cuenta. Es más... nunca
volteo a ese rincón.
—Vamos a estar unos días aquí. Te
ayudaremos a quitarlo ahora mismo, porque, sinceramente, no me apetece recordar
esta navidad. Cada vez son más los borrachos, y menos las buenas vibras —dijo
mi madre.
—Sentir buenas vibras depende de uno, ma'
—respondí—. Pero no se preocupen. Han llegado de un largo viaje. ¿Por qué no se
van a descansar a la recámara?
—Ay, sí, hijo, tu padre y yo la verdad ya no
aguantamos como antes los viajes.
Guié a mis padres a la recámara de
huéspedes y regrese para encarar ese pino cubierto de todo tipo de adornos —mi
hermana es muy creativa y montó todo eso—, con esferas, y esferas, y más
esferas por todos lados. <<Bien. ¿Por dónde comienzo?>>. Todo se
veía tan saturado. Tan sólo el hecho de pensar ponerle la mano encima a la
primera esfera me daba una pereza terrible. De pronto me llamó la atención un
parpadeo a lo alto. Sentí que alguien había encendido la luz del foco, pero no,
era una luz proveniente desde lo alto del pino navideño. Era una luz intensa
que se hacía todavía más intensa a medida que pasaban los segundos. Saqué la
conclusión de que esa poderosa luz era la estrella misma.
—¡Cuidado, hombre! —gritó un hombre montado
a caballo, que justo pasó por mi lado derecho.
—Con permiso —dijo alguien atrás de mí,
encima de un colosal elefante vestido con una tela color vino y bordes de oro.
Atrás de ese hombre, uno en camello le seguía.
¿Quién los había dejado entrar a mi...? ¿Y
mi casa? Me sentí desconcertado, pues todo a mi alrededor era monte, bajo una
noche serena, brillante y fría.
—¡Aguarden! ¿En dónde estoy? —les pregunté
con un nudo en la garganta, casi lagrimeando por el desconcierto.
—Vamos camino al nacimiento del rey de
reyes —respondió uno.
—Rey de... —me puse a analizar—. El rey de
reyes es.. y ellos son. Ah. Ya entendí todo. Estoy soñando. O tal vez no. Pero
si no estoy soñando, entonces estoy loco. Pero, ¿y si no es un sueño ni un
delirio? ¿Acaso viajé en el tiempo? ¡Nah! ¡Eso sería lo más absurdo! ¡Esto se
trata de un sueño! Iré a ver qué pasa con el chisme del niño Dios, pues.
Seguí a la caravana de reyes magos por unos
cuantos metros, por supuesto que muerto del frío. Pero cuando uno de ellos —el
moreno del elefante— se percató que los seguía, les dijo algo al resto que los
hizo detenerse.
—¿Nos estás siguiendo, acaso? —preguntó el
barbón del caballo.
—¡Yo! eh... tal vez sí —la verdad me puse
nervioso. Estos individuos tenían una personalidad intimidante, y una voz de
verdaderos reyes.
—¿Cómo que tal vez? —preguntó el del
camello.
—Bueno, es que... la verdad... Yo sólo
quería desarmar el pino hace unos instantes, y luego de la nada salieron
ustedes y mi casa desapareció, y estoy aquí. Pero ya sé a dónde van. Va a nacer
un niño al que llamarán Jesús. Ustedes se están guiando por esa estrella
brillante que en realidad se llama orión. Van a regalarle oro, incienso, y no
sé cual era la otra cosa... ¿chupones?
Los reyes magos se miraron entre sí, sin
decirse nada, y luego me regresaron la mirada.
—¿Tienes regalo? —preguntó el moreno, así
con su acento hindú
—¿Yo?
—No... el burro —dijo el muy chistoso—.
¿Pues quién más?
—No. No tengo —respondí.
—No puedes llegar sin regalo. Sería una
descortesía.
—Pero no tengo nada.
—¡Pues qué lástima! ¡No puedes venir con
nosotros! —me dieron la espalda y siguieron su curso.
¡Pero qué magos tan! ¿Cómo era posible que
sean tan materialistas? ¿Es ese un ejemplo a seguir? Tengo entendido que la
calidad del tiempo y los buenos deseos son regalos mucho más valiosos.
—¡Oigan! ¡Ya tengo un regalo! —les grité—
¡Deténganse! ¡Miren!
Los magos se detuvieron y sorprendieron de
verme cargando una cajita de regalos navideña forrada con moño y todo bien
linda. Se miraron entre sí, y me hicieron la seña con la cabeza de que los
siguiera. Al llegar al portal, había una familia. Seguramente ya sabes quiénes
estaban ahí. Conoces todas las piezas básicas del nacimiento, ¿verdad?
Nos tocó hacer fila para darle el regalo al
recién nacido. Pasó primero el barbón, y le dio una cajita con oro. Pero el
niño no dejaba de llorar porque el tipo era muy feo y viejo y lo vio de cerca.
Luego pasó el galán de cabello castaño y le dio esa cosa que nunca me aprendo
el nombre, pero en seguida los padres las tomaron y se la metieron a la bolsa.
Sí, muy listos ellos. Luego pasó el moreno y encendió una varita de incienso,
provocando que todos tosieran y que el niño llore más. Ay, era mi turno. Mis
nervios estaban al tope. Sentía la mirada de todos, hasta la del toro y la
mula. Debía abrir mi regalo. Me coloqué frente al niño y arranqué el moño. Fui
quitando poco a poco la tapa y le mostré al bebé lo que había adentró. El bebé
comenzó a sonreír, y después se carcajeó de manera dulce. ¡Aw! ¡Todos muertos
de risa ahí! ¡Incluso los reyes! Como no tenía nada qué regalar, había
agujerado una caja que me encontré tirada —sí, yo tampoco me lo explico— para
poder meter la mano y mover los deditos. Todos me adoraban, porque había hecho
reír a aquel hermoso niño.
<<guri, guri, guri>>, le decía
al niño. <<Guri, guri, guri>>.
—¿No te da vergüenza? —dijo alguien a la
lejanía—. Estás grandecito para andar jugando con las cajas, dijo mi madre. ¡No
has quitado ni una esfera del mentado pino!
Y sí, bueno, ¡Ahora saben cómo es mi
imaginación! ¿No creían que yo iba a quitar todo eso que ni siquiera puse,
verdad?